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2005: Mejor sitio argentino en el rubro "EDUCACIÓN"

 

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2006: Ternado entre los mejores sitios argentinos en el rubro "EDUCACIÓN"

 

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Un anciano indio describió una vez sus conflictos interiores:

- Dentro de mi existen dos cachorros. Uno de ellos es cruel y malo, y el otro es bueno y dócil. Los dos están siempre luchando...

Entonces le preguntaron cúal de ellos era el que acabaría ganando.

El sabio indio guardó silencio un instante, y después de haber pensado unos segundos respondió:

- Aquel a quien yo alimente.


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Viviana Figueroa

VIVIANA FIGUEROAabogada kolla - -miembro del pueblo Omaguaca – comunidad Ocumazo

Su nombre quechua es Misky Mayu –Río Dulce– y lo recibió en una ceremonia ritual a los 10 años. Dos años más tarde le tocó vivir una situación límite, que la llenó de rabia e impotencia. “Mi hermanita tenía cuatro años cuando se enfermó. Como le dolía la panza, mi abuela fue a la salita y vino una enfermera y le aplicó penicilina. Mi hermana era alérgica y se puso muy mal. Pero la ambulancia nunca llegó y Paola murió en brazos de mi abuela.” A partir de ese momento se juró intentar cambiar esa historia de injusticias. Viviana Figueroa es una mujer de 26 años, abogada, líder del movimiento indígena argentino, activa militante en cuestiones relacionadas con los derechos de los

pueblos aborígenes y miembro del Foro Internacional de Mujeres Indígenas. Pero su historia comienza a escribirse en Ocumazo, un pueblo ubicado a 18 kilómetros de Humahuaca, en Jujuy, donde se crió con sus abuelos, autoridades de la comunidad. El vínculo que forjó con su abuelo fue decisivo para que Viviana empezara a participar en las asambleas de su comunidad cuando tenía 8 años. “A mí me caracteriza que soy muy peleadora”, dice, y señala algunos momentos de su infancia y adolescencia que definieron su futuro militante. “Mi primera pelea la tuve con mi maestro de sexto grado. El tema fue, como siempre, la conquista. Mi abuelo siempre me contaba, como le habían contado sus abuelos, que habían arrasado con todo. Mi abuela, que ahora tiene 100 años y está bien guapa y lúcida, fue sometida y esclavizada. Los hacían dormir dos o tres horas, cuidar vacas, sembrar, los maltrataban. Mis abuelos siempre me contaron todo y yo fui teniendo una visión que no era como decían en la escuela. Entonces, cuando el profesor –que era indígena, porque allí la mayoría de la población es indígena– planteó que si no hubiese sido por Colón no estaríamos en la escuela, que gracias al descubrimiento estábamos aprendiendo cosas y dejamos de ser salvajes, yo me enojé muchísimo y terminé en dirección.”

Otro atropello sobrevino durante su adolescencia. “Estaba en tercer año y tenía una colección de 200 piezas petrificadas –algunas muy valiosas arqueológicamente– de todos los viajes que había hecho con mi abuelo a los cerros. La profesora propuso armar un museo paleontológico en la escuela, me pidió mis piedras y yo se las di. Pero nunca hizo ningún museo ni nada, y me dijo que su mamá las había tirado porque era material que no servía. Yo fui a hablar con muchos profesores, con personas conocidas del pueblo, con el intendente. Ella alegaba que yo quería sacarle dinero y pidió mi expulsión del colegio. En definitiva, nadie hizo nada y nunca las recuperé.” Un episodio que tuvo que ver con la propiedad de la tierra dibujó en la vida de su familia la burla de quienes tienen el poder: “En 1987, cuando se inundó Humahuaca, el gobierno le propuso a mi mamá un canje de terrenos, y le hicieron firmar una conformidad. A cambio del terreno fértil que le pertenecía le dieron un lote totalmente improductivo”. Para Viviana, la conclusión se impuso de inmediato: conocer sus derechos para poder ejercerlos. Decidió venirse a Buenos Aires aestudiar Derecho. Al poco tiempo ganó una beca de la ONU de Formación en Derechos Humanos a Líderes Indígenas, viajó a España y a Suiza, y comenzó a compartir experiencias con militantes de otros países. De vuelta en Buenos Aires, fue nombrada ayudante en la Cátedra de Derechos Humanos, que luego incorporó el tema de Derechos Aborígenes. Por estos días, desde la Cátedra, están trabajando en el informe nacional sobre la situación de los pueblos indígenas en la Argentina, sus derechos, políticas públicas y conflictos. Como presidenta de la Juventud Indígena Argentina, Viviana trabaja por la continuidad de la identidad cultural, las formas de vida y las tradiciones indígenas.

Especialista en Derechos Humanos y Derecho de los Pueblos Indígenas de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos explicó: “Los pueblos indígenas poseemos una cosmovisión diferente del resto de la sociedad respecto del medio natural, nos consideramos parte del medio, no estamos para dominarlo. Entre los kollas somos parte de la Pachamama, de la apacheta. Por eso es que nuestros mitos tienen que ver con el respeto a la naturaleza”.

También  diplomada en Derecho a la Educación de la Universidad de Verano (Ginebra) contó que en su etnia, el coquena (ser mítico) cuida los animales, como la vicuña y el guanaco y nadie puede matarlo por que le ocurre. “Si así sucede, esa persona romperá el equilibrio, faltará el respeto a la naturaleza y como consecuencia padecerá enfermedades incurables que lo pueden llevar incluso a la muerte. Esa es la visión que se transmite de generación en generación y nadie la pone en duda”, dijo.

“Todos los pueblos indígenas de Latinoamérica tienen esa concepción, que se torna más visible en aquellos que son cazadores recolectores. Esos pueblos ven afectada su situación cuando se producen las grandes deforestaciones por el avance de la agricultura y ahí surgen los graves problemas alimentarios”, amplió.

Su obsesión es también su sueño: armonizar los derechos indígenas con el sistema jurídico nacional, "para que se hagan efectivos y ningún juez los desconozca. También deben conocerlos los pueblos indígenas, y ser protagonistas de los cambios. Pero es un trabajo de toda la sociedad —agrega—. Se los considera pobres, se los toma como un grupo vulnerable y se aplican medidas para subsanar la pobreza; y no se considera su riqueza y su identidad".

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.elsafigueroa@yahoo.com

Rigoberta Menchu

RIGOBERTA MENCHÚ TUM Nobel de la Paz 1992 

"En mi casa, mi pueblo, me conocen como Limin, pero en todo el mundo como Rigoberta Menchú Tum" 
Indígena, Maya-Quiché, nació el 9 de enero de 1959 en la aldea Laj Chimel, municipio de San Miguel de Uspantán, Quiché, en la tierra del maíz: Guatemala. Rigoberta creció entre las montañas de Quiché y las fincas de la Costa Sur guatemalteca, zona a la que, año con año, bajan miles de indígenas a trabajar por míseros salarios, en las ricas tierras de los finqueros, donde se produce, café, azúcar algodón, y otros productos para la exportación. 

Hija de dos personas respetadas en su comunidad, Vicente Menchú Pérez, luchador por la tierra y los derechos de sus hermanos indígenas y Juana Tum K´otoja´, indígena experta en los saberes de los partos, desde niña aprendió de sus padres a respetar y querer la naturaleza, lo sagrado de sus sitios y la vida colectiva de las comunidades indígenas. 
  
Pero también desde pequeña, conoció las injusticias, la discriminación, el racismo y la explotación que mantienen en la pobreza extrema a miles de indígenas en Guatemala. La miseria la obligó a buscar sustento en la capital del país, para ayudar a sus padres y hermanos, pero fue en las comunidades indígenas donde aprendió a defenderse organizándose. 
  
En la lucha por la tierra perdió a su primer hermano Patrocinio, quien fue secuestrado por el ejército el 9 de septiembre de 1979, y presuntamente asesinado, aunque hasta la fecha se desconoce el paradero de sus restos. Cuatro meses más tarde, el 31 de enero de 1980, sufrió la pérdida de su padre, quien murió calcinado, junto con otras 36 personas, en la masacre de la Embajada de España. 
  
La madre de Rigoberta fue secuestrada el 19 de abril de 1980 y, aunque existen diferentes versiones sobre su presunto asesinato, también se desconoce el paradero de sus restos. Su hermano Víctor Menchú Tum, fue asesinado por el ejército el 8 de marzo de 1983. 
  
Estos hechos constituyen uno de los argumentos que sustentan la búsqueda de la Justicia Universal y la lucha contra la impunidad que lleva a cabo Rigoberta, quien logró escapar de la horrenda política de terror implantada en Guatemala y siguió, hasta que las circunstancias lo permitieron, trabajando y organizando a su gente para resistir el exterminio practicado por el Estado. 
  
Salió al exilio a México en 1981, desde donde continuó su incansable trabajo de denuncia sobre el Genocidio en Guatemala, e inició también, el conocimiento profundo y la lucha en los espacios de la comunidad internacional a favor del respeto y por el reconocimiento de los derechos de los Pueblos Indígenas del Mundo. 
  
Participó desde 1982, en las sesiones anuales de la Subcomisión de Prevención de las Discriminaciones y Protección a las Minorías de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, así como en las Asambleas Generales del Organismo Mundial desde 1993. 
  
Su trayectoria, trabajo y lucha por el respeto a los derechos humanos, en especial por los de los Pueblos Indígenas, la hicieron acreedora al Premio Nobel de la Paz en 1992 y desde entonces, Rigoberta Menchú Tum, sigue su misión universal, ya que, como ella misma lo ha dicho: "Mientras yo viva, el Premio Nobel que recibí tendrá un sentido". 
  
Fuente: 
http://www.rigobertamenchu.org/

Yupanki

ATAHUALPA YUPANKI

El más grande creador popular de la Argentina nació, pocos lo saben, en el Campo de la Cruz, en José de la Peña, Partido de Pergamino en el norte de la provincia de Buenos Aires, el 31 de enero de 1908 y falleció en Nimes, Francia, el 23 de mayo de 1992. Su verdadero nombre era Héctor Roberto Chavero. De padres criollos, a los seis años empezó a estudiar violín e inmediatamente guitarra con el profesor Bautista Almirón. Sin embargo, no fueron los estudios musicales que realizó los que le permitieron descubrir los sonidos que le dieron fama mundial, sino el paisaje, la tierra misma, el cielo y los hombres de su patria. Decía Yupanqui: "Los días de mi infancia transcurrieron de asombro en asombro, de revelación en revelación.

Nací en un medio rural y crecí frente a un horizonte de balidos y relinchos. Su padre era un humilde funcionario de ferrocarril aunque nada podía matar al gaucho nómada que había sido. Así lo demostraban su buena caballada y sus experiencias de domador que el pequeño Roberto y su hermano trataban de imitar. 
De su compañera eterna, la guitarra, Yupanqui nos dice: "Este instrumento se hizo presente en mi vida desde las primeras horas de mi nacimiento. Con guitarra alcanzaba el sueño..." Eran vidalas o cifras que tocaban sus padres y tíos y que conformaban el marco sonoro que lo acompañaría toda su vida. Porque además de aquellos a los que estaba unido por el extraño vínculo de la sangre, estaban los otros... los que la vida colocaba en el recién nacido camino de Yupanqui. Los que se reunían en torno a un fogón amistoso con un canto concentrado, serio, que tenía una magia especial para Yupanqui y que le ofrecían un mundo recóndito, milagroso, extraño. Para Atahualpa, esos hombres eran, por obra de la música, como príncipes de un continente en el que sólo él penetraba como invitado o descubridor privilegiado. Esos fueron, en verdad, sus maestros. En 1917 su familia se traslada a Tucumán y el pequeño encuentra otro paisaje, otros hombres, otras melodías, otros misterios. La vida lo había colocado, según el mismo lo diría después... "En el reino de las zambas más lindas de la tierra". Allí aprendió que el hombre canta lo que la tierra le dicta. Que el cantor no elabora... solamente traduce. 
Cuando tenía apenas 13 años y para firmar algunas incipientes colaboraciones literarias en el periódico escolar, Roberto comenzó a utilizar el nombre Atahualpa en homenaje al último soberano Inca. Algunos años después le agregó el Yupanqui que llevaría toda su vida. La traducción de estos nombres, unidos, serviría luego para significar de manera inmejorable el destino de aquel niño: Ata significa venir; Hu, de lejos; Allpa, tierra; Yupanqui, decir, contar; de donde bien podemos deducir que con ellos se expresa: "El que vino de lejanas tierras a decir... a contar". 
La temprana muerte de su padre lo hizo prematuramente jefe de familia. Juega tenis, boxea, se hace periodista y comienza entonces a responder a un llamado que signará su destino... el del camino. Será improvisado maestro de escuela, luego tipógrafo, cronista, músico y fundamentalmente, agudo observador del paisaje y del ser humano. Los mil oficios lo reclaman y él responde a todos porque es la manera que tiene de conocer al hombre de su tierra con sus angustias y sus esperanzas; con sus realidades y sus sueños; con todo lo que luego habría de nombrar y cantar incomparablemente.

Cuando tenía apenas 19 años de edad, compuso su canción "Camino del Indio". El tema en su origen no tuvo la entidad de himno de la indianidad que luego el pueblo le otorgó. Simplemente fue una canción inspirada en un sendero que llevaba, ascendiendo la ladera del cerro San Javier - en el amado Tucumán de su infancia - hasta la huerta de naranjas y al rancho de un anciano indio amigo de aquellos niños. Pero la gente, con esa proverbial capacidad y autoridad para otorgar valores determinados a la obra de otros hombres, la consagró como una alta alabanza a los senderos que recorrió a pié el indio de esta América nuestra.  
Por aquellos años, con su guitarra, una pequeña valija y unos pocos pesitos, se larga por los caminos del país para reconocer no sólo su geografía sino también su canto; porque es en la canción anónima y antigua que entona el pueblo donde él intuía que estaba el verdadero rostro de su patria. 
Primero fue Buenos Aires y los mil oficios que la inmensa capital le obligaba a desempeñar al joven Chavero para superar sus días de pobreza y a veces hasta de hambre.

Algo de su vasta obra: A la noche la hizo dios - Camino del indio - El arriero va - Los ejes de mi carreta 
Fuente: www.fundacionyupanqui.org.ar

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